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Ajuntament de Cortes de Arenoso

Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda

Primeros años

Pedro Pablo Abarca de Bolea nació en el castillo de Siétamo en el seno de una ilustre familia aragonesa. Se educó en el Seminario de Bolonia (Italia) y en Roma. Siendo muy joven realizó muchos viajes por toda Europa recibiendo una sólida y liberal formación que pronto hizo que se le identificara con los filósofos y enciclopedistas. En 1740, consolidada su vocación militar, entró a servir en el ejército con el marqués de Montemar y el general Gages. Más tarde se trasladó a Prusia, donde conoció a Federico el Grande; residió en París y regresó a España. Por su trabajo el rey Fernando VI le designó embajador en Lisboa; comenzaba así a tener influencias poderosas y a ganar popularidad. Reinando Carlos III conquistó el grado de capitán general y luego fue nombrado gobernador de Valencia, cargo al que tuvo que renunciar para presidir en 1765 el Consejo de Castilla y para ser capitán general de Castilla la Nueva (11 de abril de 1766). Fue un hombre sincero y testarudo, patriota y monárquico fiel. Su carácter campechano y risueño le recompensó con la simpatía del pueblo.

Durante el reinado de Carlos III

Durante el reinado de Carlos III tres hechos, en los que el conde de Aranda participó activamente, marcaron su línea y su capacidad política. Fueron: el motín de Esquilache, la caída de los jesuitas y su etapa como embajador en París.

El motín de Esquilache

El conde de Aranda pasó a ocupar la presidencia del Consejo de Castilla a raíz del motín de Esquilache. El motín había finalizado gracias a las concesiones arrancadas a Carlos III, que el pueblo consideraba como una victoria. El espíritu de sedición se había extendido produciendo sangrientos episodios en Zaragoza (abril de 1766) y, más tarde, en Cuenca, Palencia, Ciudad Real, La Coruña y Guipúzcoa. Grabado de los momentos previos al motín de Esquilache de 1766. Los madrileños cambian a regañadientes su capa larga y sombrero chambergo por la capa corta y el sombrero de tres picos. Apoyado por abogados como Miguel de Múzquiz, Campomanes y Floridablanca, y en nobles aragoneses como Manuel Roda y Gregorio Muniaín, Aranda realizó la difícil misión de abolir hábilmente las irrealizables concesiones otorgadas por el Rey. Se trataba de consolidar la autoridad real sin excitar pasiones que pudieran dar paso a nuevos motines. Lo logró con mucha profesionalidad; supo aprovechar su popularidad entre la clase media y los artesanos a los que se dirigía más en forma de súplica que de imposición. Logró que fuese sustituido el chambergo y la capa larga por el tricornio y la capa corta. La Guardia Valona regresó a Madrid y el Congreso de Castilla proclamó una sentencia en la que declaraba nulas las principales demandas otorgadas a los autores del motín de Esquilache. Aranda quiso culminar su obra pacificadora y propuso el regreso del Rey que, inseguro en Madrid, se había trasladado al Palacio Real de Aranjuez. Carlos III se resistió, pero luego aceptó volver. Durante los años que estuvo al frente del Consejo de Castilla, instauró una política reformista basada en los principios de la Ilustración con la que consiguió el aprecio popular y el elogio del mismo Voltaire. Para llevar a cabo las reformas contó con la colaboración de Campomanes, persona de máxima influencia del Rey durante la época. Las reformas se centraron en la cuestión agraria; colonización de sierra Morena, en las medidas regalistas, en el apoyo a las Sociedades Económicas de Amigos del País y en la elaboración del llamado censo de Aranda (1768-1769), el primer censo de población que se hizo en España.

Expulsión de la Compañía de Jesús

La consecuencia casi inmediata del motín de Esquilache fue la expulsión de la Compañía de Jesús, uno de los hechos más controvertidos del reinado de Carlos III. En efecto, Aranda, apoyado por Campomanes abrió una pesquisa secreta a fin de recoger pruebas que testimoniaran la intervención de los jesuitas en el motín de Esquilache. El marqués de la Ensenada, el abate Gándara y el abate Hermos o fueron desterrados o encarcelados. El Rey acabó por firmar el decreto de expulsión de los jesuitas en febrero de 1767; este decreto contaba con la aprobación de las cinco sextas partes de los prelados españoles. Asimismo se aprovechó para abolir el fuero privado de los eclesiásticos que intervinieran en algaradas y se prohibió la posesión de imprentas en los institutos de clausura o en los lugares que gozaran de inmunidad eclesiástica. Habiéndome conformado con el parecer de los de mi Consejo Real […] y de lo que me han expuesto personas del más elevado carácter, estimulado de gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi corona, he venido a mandar se extrañen de todos mis dominios de España e Indias, Islas Filipinas y demás adyacentes, a los religiosos de la Compañía, así sacerdotes, como coadjutores y legos que hayan hecho la primera profesión, y a los novicios que quisieren seguirles, y que se ocupen todas las temporalidades de la Compañía de mis dominios. Y para su ejecución uniforme en todos ellos os doy plena y privativa autoridad, y para que forméis las instrucciones y órdenes necesarias, según lo tenéis entendido y estimareis para el más efectivo, pronto y tranquilo cumplimiento. Y quiero que no sólo las justicias y tribunales superiores de estos reinos ejecuten puntualmente vuestros mandatos, sino que lo mismo se entienda con los que dirigiereis a los virreyes, presidentes, audiencias, gobernadores, corregidores, alcaldes mayores y otras cualesquiera justicias de aquellos reinos y provincias, y que, en virtud de sus respectivos requerimientos, cualesquiera tropas, milicias o paisanaje den el auxilio necesario sin retardo ni tergiversación alguna, so pena de caer, el que fuere omiso, en mi real indignación […] Yo, el Rey, 27 de febrero de 1767: Decreto de expulsión de la Compañía de Jesús. Los jesuitas fueron acusados, entre otras cosas, de tener un proyecto de erigir un imperio en Paraguay así como de estar en relación con los ingleses cuando éstos se apoderaron de Manila y de defender el concepto de tiranicidio, que sus enemigos traducían como regicidio. Por último se acusó al general de la Compañía, Lorenzo Ricci, de poner en duda el derecho de Carlos III al trono, por ser hijo sacrílego y adulterino. Se ha dicho que si el Rey tomó esa decisión fue por influjo de hombres como Aranda, de quien se llegó a decir que "sólo cifraba su gloria en ser contado entre los enemigos de la religión católica". A su vez Voltaire decía que "con media docena de hombres como Aranda, España quedaría regenerada". En 1773, el papa Clemente XIV expidió la bula de extinción de la Compañía en toda la cristiandad.

Embajador en París

Las tensiones producidas por la ocupación de las Malvinas por los ingleses enfrentaron al ministro de Negocios Extranjeros, Grimaldi, con el conde de Aranda. Éste era partidario de una intervención armada, solución que no resultó favorecida por la coyuntura internacional. España perdió Port Egmont, lo que significó una derrota para el partido aragonés, encabezado por Aranda. Éste se vio obligado a abandonar la presidencia del Consejo de Castilla para pasar a ser embajador en Francia en 1773. Una fallida expedición de castigo a Argelia, dio pie a Aranda para, desde París, preparar el desquite del partido aragonés, relegado a un segundo plano desde su fracaso con la política de las Malvinas. El conde de Aranda consiguió el apoyo del príncipe de Asturias, y pronto lograron ver la caída de Grimaldi como ministro de estado. Sin embargo Aranda no fue nombrado para sucederle; en su lugar fue designado el conde de Floridablanca, adversario desde hacía muy poco tiempo de Aranda. Su tiempo en la embajada francesa no fue en vano. Logró entre otros éxitos, el pacto de Inglaterra por el cual Menorca fue devuelta a España (1783), consiguiendo así el tratado de paz con Gran Bretaña el cual puso fin a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de América. Por el tratado España también consiguió la devolución de la Florida oriental y occidental, así como parte de las costas de Nicaragua, Honduras (la Costa de los Mosquitos) y Campeche y la colonia de Providencia. No obstante, tiene que reconocer la soberanía inglesa de las Bahamas y no logra recuperar Gibraltar. Su cargo en París duró diez años, durante los cuales conoció a los enciclopedistas y las ideas ilustradas. Aranda regresó a Madrid en 1787. Se rodeó de militares y nobles descontentos de la gestión de Floridablanca cuyo puesto deseaba.

Durante el reinado de Carlos IV

Durante el reinado de Carlos IV, se produjo la Revolución francesa, hecho que significó el ascenso y la definitiva caída del conde de Aranda.

La revolución francesa y la caída de Aranda

Tras la muerte de Carlos III, el 14 de diciembre de 1788, accedió al trono Carlos IV. Éste intentó mantener intacta la política y los ministros que heredaba.

Busto del Conde Aranda en la esquina de las calles Conde Aranda y César Augusto de Zaragoza.

A partir de los hechos revolucionarios de Francia en 1789, el mayor esfuerzo de la política de Floridablanca se centraba en mantener en secreto los sucesos franceses en España con el fin de que no se extendiera la revolución por el país. Por ello contó con el apoyo del Santo Oficio y sectores importantes del clero. Aranda atacó esta alianza con el desprestigiado organismo inquisidor y, apoyado por su partido aragonés, logró que el rey destituyera a Floridablanca cuyo puesto pasó a ocupar en febrero de 1792. Meses después del ascenso Aranda mandó encarcelar a Floridablanca en la fortaleza de Pamplona, al tiempo que se buscaban pruebas para poder acusarlo de abuso de poder. Aranda, tan pronto como tomó el poder, empezó a cambiar, en sentido contrario, el rumbo político de su predecesor. A petición suya el rey abolió la junta suprema de Estado a la vez que reaparecía el Consejo de Estado, baluarte de los grandes en tiempos anteriores. Aranda suavizó la postura oficial hacia la revolución y redujo la vigilancia sobre los extranjeros, a la que tanta importancia había dado Floridablanca. Toleró la distribución de diarios franceses hasta que el encarcelamiento de la familia real francesa y la abolición de la monarquía dio pie a órdenes más estrictas en la inspección de todos los escritos procedentes de Francia. Al mismo tiempo, España se veía invadida por una ola de refugiados, la mayoría aristócratas y clérigos. A los clérigos refugiados se les prohibió predicar, así como dedicarse a la enseñanza, a la vez que se vieron obligados a no hacer mención alguna sobre los acontecimientos que se desarrollaban en Francia. En noviembre de 1792, Aranda, demasiado comprometido con el reformismo y con los enciclopedistas - cuyas ideas fueron la base ideológica de la revolución - fue sustituido por Manuel Godoy, un guardia de corps que se había ganado la confianza de la mujer del rey, María Luisa, al parecer, como amante. Pocos meses después el rey Luis XVI era guillotinado produciéndose la Guerra de la Convención. Aranda continuó siendo decano del Consejo de Estado, puesto desde el que agrupó a los enemigos de Godoy. El 14 de marzo de 1794, ante la presencia del rey, Aranda atacó en el Consejo de Estado la decisión de Godoy de continuar la guerra con Francia. La dureza del ataque de Aranda fue aprovechada por el favorito Godoy para presionar al rey con la destitución de Aranda. Así fue, Aranda fue desterrado a Jaén ese mismo día. Ya no regresaría nunca a Madrid.

Juicio a la leyenda negra

Es un personaje sobre el que recae una leyenda negra formada por las naciones extranjeras y sus enemigos nacionales, al igual que sobre otros personajes relevantes en su tiempo. Es importante conocer el contexto en el que se llevan estas acusaciones y el por qué de ellas. El Conde era una persona importante en su tiempo, sobre el que recaía un gran poder, con el cual hacía y deshacía a su gusto, sólo corregido o ignorado por el rey. Este poder había sido arrebatado con astucia y tal vez con mentiras y traiciones a otro gran ilustre, Floridablanca, a la par caído en desgracia, como él posteriormente. Él polarizaba un sector amplio de la sociedad, confrontándose con los ideales del ilustrado aragonés. Así Floridablanca supuso además de un escollo que superar un enemigo al que acallar en casa y le dejó un regalo envenenado de despedida, como fue el edicto de expulsión de los jesuitas de España, que él tuvo que efectuar y que le causó grandes críticas. Si bien en la expulsión intentó que estos tuvieran el menor riesgo posible y les adecentó lugares donde poder desempeñar funciones, procuró que no hubiera altercados de la plebe hacia los jesuitas y suplió la falta de estos en la escuela con maestría, pues los maestros ocuparon sus puestos. Otro punto a tener en cuenta es que el Conde con su posición ideó soluciones a los problemas que la Corte tenía que resolver. Aunque no tuvieron a bien hacerse, despertaron en las naciones adversas, con informes de embajadores y espías una animadversión grande y un interés creciente, para deshacerse de este personaje influyente. A esto se sumaron: Sus decisiones de entorpecer el acceso a Gibraltar, sin motivos, para causar una guerra, como era colocar en todos los alrededores de la bahía de la parte española obstáculos subacuáticos que entorpecieran el fondeado y entrada de barcos a la ayuda de los gibraltareños. Instrucciones contra el comercio inglés en España tras un conflicto por las Malvinas. La correspondencia con Ricardo Wall dentro de la Guerra de los Siete Años entre Inglaterra y Francia, en la que la corona española sopesó la invasión de Inglaterra. La visión que tenía sobre las soluciones a las colonias, porque veía con buenos ojos la implicación en los asuntos de la corona y una mayor libertad y decisión de los siervos de ellas, al haber observado su descontento y el nacimiento de insurrecciones. El choque que intentó imponer contra los nacionalismos e idealismos surgidos de la Revolución francesa que exportaban las demás naciones; teniendo en cuenta que influyeron en el propio funcionariado de España y las colonias, y que estos alentaban los ideales extranjeros ante la inflexible respuesta de la corona a sus sugerencias. Además de sus enemigos extranjeros, le tocó vivir a la sombra del favorito de la Corte, Manuel Godoy, que tardó menos de un año en suplantarlo.

Muerte

En 1795 el rey le autorizó a residir en Aragón. Aranda decidió entonces retirarse a vivir a Épila, donde murió en 1798. Su cuerpo fue trasladado de San Juan de la Peña al panteón de hombres ilustres, en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid. Finalmente, en 1985, los restos del conde de Aranda fueron devueltos al monasterio de San Juan de la Peña; donde descansan actualmente en el Panteón de Nobles del citado monasterio altoaragonés.

Valoración

El conde de Aranda es considerado como una de las personalidades más discutidas de la historia de España del siglo XVIII y puede encuadradarse en el grupo de personajes que representan el reformismo ilustrado español entre los que estarían José Nicolás de Azara, Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Campomanes, Floridablanca, duque de Alba o Jovellanos. El Conde de Aranda ha sido un hombre que dedicó su vida a la patria y al servicio de los reyes Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, planeando su ideología reformista ilustrada para el gobierno de la nación. Contribuyó en la mejora y cuantificación de la sociedad española de su tiempo, con su censo de población, uno de los primeros de Europa y su sociedad económica del Partido Aragonés, con el que colaboró en obras y desarrollo de Aragón y España. Amante de las obras de arte, introdujo en España la elaboración de porcelana, mediante una fábrica propia en Alcora, aprovechando unos hornos de vasijas y cántaros hederados. En su villa preferida, donde residió y murió (Épila), dejó como testimonio de su vida, además de su palacio, un convento adjunto a éste, heredado de la familia. Este convento fue perpetuado por el Conde y ha sido uno de los mejores archivos sobre el reino de Aragón y España que su descendiente, la duquesa de Alba, donó en parte al gobierno de Aragón, bajo beneficios fiscales. Todavía no ha sido alojado correctamente en un edificio acorde a su importancia y guarda el sueño de los justos, archivado en las dependencias provisionales. También el sueño frustado por su muerte y casi quiebra económica de un teatro de alto rango en la excelentísima villa y la colección de trajes reales del rey Juan I de Castilla, que nacío en esta villa y custodiaba con cariño el conde, hasta el desalojo y venta por ruina del palacio al ayuntamiento de la localidad. Los trajes, obras de arte, muebles, etc. se disgregaron entre los inmuebles de la duquesa de Alba. Edificaciones e influencias del Conde en España El Conde de Aranda encargó el diseño del Salón del Prado a José de Hermosilla, aunque fue finalmente Ventura Rodríguez quien ejecutaría este proyecto. Contribuyó a la creación de un convento adjunto a su palacio de Épila y una casona de verano en esta localidad zaragozana de Aragón. Pero también hizo de mecenas para ayudar en la obra más influente y fuerte de la acontecidas en su tiempo en Europa, como fue el Canal Imperial de Aragón de Ramón Pignatelli, que en su origen uniría el Cantábrico con el Mediterráneo de modo navegable y se explotaría para usos agricolas, repartiendo el agua por estos territorios y haciendo realidad un sueño del Reino de Aragón, para exportar sus materias primas de ganado, peletería, lana y hortofrutícola; aunque no se desarrolló en su totalidad por lo caro y complejo de su realización. En 1765, cuando el urbanismo aún lo trazaban los ingenieros militares, el Aranda dejó escrito un memorando de siete pliegos y medio, bajo el epígrafe de «Alicante», para Cartagena. En uno de sus párrafos se dice: «En la anchurosa calle que resultaría del abatimiento del muro antiguo, desde el torreón de San Francisco hasta el de San Bartolomé (es decir, la Rambla, y antes y sucesivamente, paseo del Vall, de Quiroga y de la Reina), se ha de formar un paseo con árboles y bancos que, sirviendo al propio tiempo para el tráfico y transporte, proporcione un paraje interior de concurrencia, para pasear a pie y tratarse las gentes decentes de la ciudad». No podía ser menos. Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, sabía muy bien la importancia y necesidad que para los ciudadanos tienen los parques, paseos y zonas verdes. No en balde, creó el Pardo, favoreció el Retiro y autorizó las fiestas de máscaras. El conde de Aranda envió su escrito, que se conserva en el Archivo Municipal, al gobernador y corregidor de esta plaza, Juan José Ladrón de Guevara, con una carta adjunta, en la que le advierte: «Señor mío: consiguiente a las ideas de ampliación del muelle y otras novedades útiles a la conveniencia y hermosura de esa ciudad que formé durante mi permanencia en ella, he formado el concepto y proposición de los puntos que se han de examinar y sobre que se ha de proyectar lo mejor, que incluye a VE una copia». Y agrega: «Pasará de un día a otro a esa ciudad, desde Cartagena, el coronel de ingenieros don Matheo Bodopich, para hacerse cargo de las especies promovidas y proyectar facultativamente sobre ellas, entendiéndose también con el comisario de Guerra don Gerónimo Ontizá que correrá a su tiempo con los intereses de las obras. VE., como gobernador, dará a ambos las luces y auxilios que necesiten y me dará particular satisfacción, en frecuentarme cuantas reflexiones le ocurriesen sobre el particular de que se trata». El conde de Aranda insistió en añadir nuevos espacios «al cuerpo de población, para que unida con el existente facilite, con sus construcciones, hermosura a ella y comodidad a sus habitantes».

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